"La plaza"

Vladimir había tomado las llaves de su auto con algo de furia, se subió a su auto y partió con rumbo desconocido. No quería seguir escuchando las palabras necias de su amigo, que no se cansaba de relatarle la historia que él decía le había ocurrido un mes atrás. Su amigo tenía fama de ser un demasiado imaginativo, sin embargo aquella historia era la gota que rebalsó el vaso. Vladimir seguía manejando pero no dejaba de pensar en ese loco relato que le daba vueltas en la cabeza: “Yo volvía a la fiesta de la chica del departamento de arriba, la morochita, que entre nosotros, está muerta por mí. Me habían mandado a comprar unas cervezas acá a dos cuadras, pasando la plaza que nunca tiene luz, que nadie va, ni los borrachos siquiera. Yo pensé que me querían probar porque antes habían contado esa leyenda urbana de que las noches de luna llena aparecía una horrible bestia que había descuartizado a unos cuantos linyeras que dormían ahí y que la policía nunca dijo nada por el estado en que quedaron las víctimas, algunos están desaparecidos, pero se comenta que se convirtieron en hombres lobos y que cada luna llena van a la plaza a buscar nuevas víctimas. Yo me hice el macho y fui igual, no iba a quedar como un cobarde frente a la vecina, ¿no?. Cuando regresaba me metí por la plaza, no creía en las estupideces de esa gente; ¿cómo van a existir los hombres lobos y sobre todo en la plaza de Villa del Parque?, de repente de la nada aparece algo o alguien… no sé, que me tumba al suelo, forcejeamos y me mordió acá en el brazo. Pensé que había sido un perro así que no me preocupe demasiado, pero hoy va a haber luna llena y no me estoy sintiendo muy bien…”. Esa fue la última palabra que escuchó decirle a su amigo, después de visualizar en su rostro gestos de dolor mientras dramatizaba que se desgarraba la cara.
Aún era de día, el sol seguía calentando el asfalto, Vladimir se detuvo frente a un bar y descendió del coche. Tomó varias copas de coñac, pensaba en irse del departamento, ya no soportaba más el hecho de escuchar a su amigo una y otra vez contándole historias de fantasmas y monstruos. Había soportado demasiado. Pasó toda la tarde en el lugar, hasta que al caer la noche se quiso volver, el cantinero de turno era su primo quien no le dejó conducir en ese estado de ebriedad y le quitó las llaves del auto. Enfadado, Vladimir tomó el camino regreso a su departamento, tambaleándose un poco comenzó a recorrer las largas cuadras; en un momento se tropezó con los cordones de sus zapatos y cayó sobre la vereda, al darse vuelta miró hacia el cielo y vio la luna llena y se dijo para si mismo “vamos a ver, mi amigo, cuánto de verdad tiene tu historia…”, y entró a la plaza oscura. Sintió moverse las hojas de unos arbustos, luego vio unas sombras detrás de los árboles que lo seguían y se detuvo: “¡Ya sé que sos vos, imbécil, que me querés hacer creer esos cuentitos para asustar chicos, pero…!” y lo que hacía figura a esa sombra salió de entre los arbustos y se abalanzó sobre él, lo tiró al césped y le empezó a mordisquear una de sus piernas. Vladimir intentaba escapar pero no podía, tomó un tronco del suelo y le pegó con todas sus fuerzas en la cabeza dejándolo ensangrentado e inconsciente. Logró huir.
Al día siguiente se despertó en su cama como de una pesadilla pero vio la mancha de sangre en su cama, se levantó su camisa y encontró las huellas de los dientes de aquel ataque. Se preocupó al principio, sin embargo después pensó que había sido algún perro callejero que sólo defendía su territorio. Se cubrió la herida con una venda, necesitaba ir al hospital. Pasó por el baño y divisó a su amigo mirándose al espejo, intentando limpiarse la sangre de la cara y gimiendo cada vez que rozaba los chichones de su cabeza.

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