La oscuridad de Pedro

Pedro tomaba su tercera taza de café sentado en el bar de la esquina. Su mano temblaba cada vez que levantaba el recipiente para darle un sorbo. Su cara estaba pálida y ojerosa; su vista recorría cada rincón del lugar y de pronto una mano se posó sobre su hombro, se dio vuelta y encontró a su amigo Héctor, a su rostro se le sumó la ansiedad.

Su amigo se sentó frente a él, apoyó suavemente su palma sobre la mesa, Pedro acercó la suya y lo que el otro muchacho tenía bajo su mano pasó a la mano del otro joven que guardó con rapidez en su bolsillo de donde sacó también un pequeño sobre y se lo entregó.

Pedro dejó un billete sobre la mesa y se retiró del bar. Se olvidó despedirse de su amigo y salió a toda prisa rumbo a su casa. Las cuadras se le hacían interminables, cada semáforo en rojo era eterno. Llegó hasta la puerta y sacó la llave, su mano le tiritaba, le costaba encastrarla en el cerrojo. Después de varios intentos entró y fue directo al comedor, sabía que estaba solo, por lo que sacó lo que tenía en su bolsillo, un paquete transparente con un polvo blanco en su interior, hechó su contenido sobre la mesa y lo comenzó a aspirar. Del rostro de Pedro se borró la ansiedad y se transformó en alivio total. Hacía una semana que no se drogaba y esa dosis para él le salvó la vida.

Ya con su mente en otra parte se sentó en el sillón, por unas horas sus problemas estaban desapareciendo por completo: el médico no le había diagnosticado cáncer de pulmón y le había dado pocos años de vida, su novia no estaba a miles de kilómetros de distancia en otro país, su madre no había muerto cuando él era un niño dejándolo solo. Todo desaparecía de su mente en esos momentos. Todo era solo una visión borrosa.
Pasadas unas horas el efecto de la cocaína había disminuido y los recuerdos comenzaron a golpear su cabeza. Tomó el teléfono y llamó a Lila, su novia, le dijo que no podía seguir con esa vida, que todo era muy duro para él y aún más sin ella a su lado para acompañarlo, que la necesitaba. Lila quería dejar el teléfono y tomarse el primer avión hacia Burgos pero el dinero no le alcanzaba. A ambos se les hizo un nudo en la garganta. Pedro le repitió que no podía estar más encerrado, que iba a caminar por las vías “así acabo con esta vida de porquería que me tocó”. Ella entonces recordó aquel día en que se conmemoraba el décimo tercer año de la muerte de su madre, que también fue a caminar por las vías y se arrodilló en estas mirando el tren acercarse cada vez más a él pero no pudo hacerlo. Lila se exasperó y le rogó a Pedro que no se fuera, que se quedara hablando con ella. Pero él no podía continuar, sentía que todo le salía mal. Mientras hablaba con ella veía su rostro demacrado en el espejo. Comenzó a toser. Le daban arcadas, fue tan fuerte el dolor que dejó caer el teléfono y empezó a vomitar sangre. Sus pulmones no resistían más. De pronto todo a su alrededor se puso borroso hasta conventirse en una habitación completamente oscura.
Se escuchó una puerta que se abría, era el padre de Pedro que lo halló tumbado en el suelo alrededor de un charco de sangre. Rápidamente intentó despertarlo pero no encontró respuestas. Tomó el teléfono que que caía colgado de la mesita y escuchó a Lila gritar el nombre del muchacho; le informó lo que había pasado y llamó a una ambulancia.
Pocos minutos después la sirena se escuchó. Mucho ruido. Gente en la calle intentando ver que era lo que ocurría.
“¡¡Despejen!!” se escuchó dentro del vehículo mientras algunos paramédicos intentaban resucitar el cuerpo de Pedro. Llegaron al hospital, a la sala de urgencias, los médicos de guardia cerraron la puerta de la habitación impidiendo que el padre pudiera ver lo que sucedía. Minutos más tarde salió el doctor y se dirigió a éste: “lo pudimos salvar pero entró en coma, no sabemos cuándo pueda llegar a despertar, puede tardar una semana, días, años..”. Los ojos del señor comenzaron a humedecerse, se sentó unos segundos y luego fue a ver a su hijo que yacía en aquella cama de hospital, tomó su mano y la estrechó entre las de él, se sentían tan frágiles, se veía tan indefenso, su cara seguía pálida y ojerosa. De pronto el teléfono celular de Pedro que habían dejado sobre la mesita de luz junto a todas sus pertenencias comenzó a sonar, era Lila buscando respuestas a aquel momento que había escuchado por teléfono horas antes. El padre le contó todo lo sucedido y cuando llegó a la parte de que estaba en coma ella cortó el teléfono.
Días mas tarde, mientras el atardecer llegaba su punto máximo y atravesaba la ventana de la habitación en el hospital, la puerta de la misma se abrió lentamente, una chica de pelo castaño, ojos marrones y de contextura pequeña entró, sus manos las llevaba apoyada en su vientre lo bastante prominente como para notar que estaba embarazada, se acercó a la cama de Pedro, tomó su mano y la puso en su estómago. “Hola, mi amor, el otro día empezó a patear como nunca, parece que se dio cuenta de todo, sentilo…”. Lila se sentó en la silla al lado de él y comenzó a contarle cosas. Miró a los ojos cerrados de Pedro y pudo distinguir una pequeña gota que se escurría por su ojo derecho.

2005

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