Nunca es tarde

 Era una tarde como todas las demás, Felicitas regresaba a su departamento en Barrio Parque después de diez arduas horas de trabajo y, como todos los martes y viernes, había ido a la florería a comprar las margaritas correspondientes a ese día. Buscó en su cartera las llaves pero antes de sacarlas miró para un lado, miró para el otro y luego para atrás, nadie la había seguido; respiró profundo y abrió rápidamente la puerta del edificio y entró. Se dirigió al ascensor, había gente para subir por lo cual decidió subir dos pisos por la escalera. Segundo “F”, volvió a mirar para ambos lados antes de abrir la puerta y entró, la cerró con llave en los dos cerrojos y le puso la traba.

Se puso a pensar en su vida pasada, en su divorcio después de cinco años de matrimonio, en aquel trabajo que hace diez años tenía que le brindaba una cierta monotonía y que le ofrecía ese aire que necesitaba cuando salía de su casa en busca de refugio contra el mundo exterior. De pronto el sonido del timbre la despertó de sus pensamientos y le hizo soltar al piso el jarrón que estaba preparando para colocar las margaritas de los martes. Con un poco de temor acerca su ojo a la mirilla, era Leticia su vecina del “E” quien mira con curiosidad por el otro lado de la misma intentando vislumbrar alguna cara, pero tenía tan sólo siete años y no lograba llegar a la abertura. Desconfiada, Felicitas le pregunta qué necesitaba y la niña le pidió que le abriera; dudó pero lo hizo: abrió primero la cerradura de arriba, luego la de abajo y por último corrió la cadena. La nena la miraba sorprendida desde su pequeña altura, sus ojitos verdes brillaban de ansiedad por descubrir qué sucedía detrás de esa puerta todos los días después de las seis de la tarde; enrollaba entre sus dedos una de sus colitas que tan prolijamente tenía armadas mientras que ponía de punta su pie izquierdo, pero Leticia no era vergonzoza, estaba nerviosa. Le preguntó a su vecina si podía pasar a merendar ya que a su casa todavía no había llegado nadie y tenía hambre, aunque sabía que sólo era una excusa Felicitas aceptó… qué le podía llegar a pasar con una niña de siete años, nada iba a cambiar. Cerró la puerta, le dio llave al primer cerrojo, luego al de abajo y puso la traba. Leticia ya estaba sentada en el comedor cuando la mujer le fue a preguntar qué quería tomar, no dejaba de mirar ese lugar tan grande y cerrado casi tan herméticamente que no dejaba pasar ni un limpio rayo de sol. Aquellas tardes se volvieron asiduas, a las seis y cuarto de la tarde Leticia llegaba del colegio que quedaba al lado del edificio y tocaba el timbre de su vecina para compartir con ella otra confortable merienda; Felicitas continuaba mirando a su alrededor cada vez que estaba por entrar a su casa, cerraba las dos cerraduras y ponía el pasador, aunque sabía que era su pequeña vecina seguía cerrando su hogar como siempre.
Un viernes salió unos minutos después del trabajo, pero no pasó por la florería a comprar las rosas de los viernes, en lo único que pensaba era en aquella niña que se iba a quedar esperando en el 2º “F” a que llegara. Abrió la puerta del edificio pero esa vez no miró para los lados, sólo entró y tomó el ascensor que llevaba gente, llegó a su piso y Leticia no estaba. Abrió su departamento un poco desilusionada, eran las seis y veinte, no cerró ni la cerradura de arriba ni la de abajo, tampoco le puso la traba; corrió la ventana del balcón y salió para ver si divisaba a la pequeña pero nada… y entonces escuchó el timbre y fue tan deprisa que olvidó que había dejado abierto el balcón. Tampoco recordó que no había puesto llave en la puerta, sólo la abrió, sin pegar su ojo en la mirilla y allí estaba ella con sus dos colitas inmaculadas y su carita dulce, venía con la mochila cargada al hombro, pasó como si estuviera en su propia casa y fue a la cocina a buscar su taza favorita. Felicitas sólo cerró la puerta.

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